Claudia Antiveros | nutrióloga materno-infantil
Cuando hablamos de lactancia materna, casi siempre la conversación termina concentrándose en la mujer: que si quiso, que si pudo, que si produjo suficiente leche, que si se esforzó o si abandonó demasiado pronto.
Pero antes de señalarla, deberíamos detenernos y preguntar algo mucho más importante: ¿qué condiciones tuvo esa madre para alimentar y cuidar a su bebé?
La lactancia no ocurre en el vacío. Detrás existen horarios de trabajo, permisos laborales, cansancio, dolor, falta de información, presión familiar y, en muchas ocasiones, una enorme soledad.
Por eso debemos dejar de verla como un asunto privado y comenzar a entenderla como un tema de salud pública. No basta con decirle a una mujer que amamantar es importante. Hay que brindarle tiempo, acompañamiento, espacios adecuados y una red que verdaderamente funcione.
EL APOYO TAMBIÉN SE ORGANIZA
Una madre que regresa a trabajar necesita más que buenas intenciones. Requiere permisos que se respeten, horarios para extraerse leche y un espacio privado, limpio y tranquilo donde pueda hacerlo.
Actualmente existen extractores manos libres y distintas herramientas que facilitan el proceso. Sin embargo, la tecnología no resuelve por sí sola el problema. La mujer necesita tiempo, un lugar donde almacenar la leche y condiciones laborales que no la obliguen a elegir entre alimentar a su bebé o conservar su empleo.
También es importante que los padres participen. Aunque no amamanten, pueden encargarse de otras tareas: preparar alimentos, lavar utensilios, atender al bebé, acompañar las consultas o simplemente permitir que la madre descanse.
La lactancia puede depender del cuerpo de la mujer, pero su éxito o fracaso muchas veces depende del entorno completo.
TODAS LAS FORMAS MERECEN RESPETO
Otro error frecuente es pensar que solamente existe una manera correcta de alimentar a un bebé.
Hay lactancia materna exclusiva, lactancia mixta y alimentación con sucedáneos. Cada familia tiene circunstancias distintas y todas merecen información profesional, acompañamiento y respeto.
No debemos convertir la maternidad en una competencia ni utilizar la lactancia para medir quién es mejor madre. Una mujer puede tener toda la intención de amamantar y encontrarse con dificultades médicas, laborales, emocionales o familiares.
Antes de juzgar, hay que escuchar.
La pregunta no debería ser: "¿Por qué no pudo?". La pregunta correcta es: "¿Qué necesitaba y no recibió?".
AMAMANTAR EN PÚBLICO NO DEBERÍA ESCANDALIZAR
Todavía existen personas que se incomodan al ver a una mujer amamantando en un espacio público. Le piden que se cubra, que se retire o que alimente al bebé en otro lugar.
Ahí también aparece un doble discurso. Como sociedad decimos que la lactancia es importante, pero muchas veces hacemos sentir incómoda a la madre que intenta realizarla.
Amamantar es una forma de alimentar. No debería provocar vergüenza ni obligar a una mujer a esconderse.
Estos prejuicios también están relacionados con la forma en que hemos aprendido a mirar el cuerpo femenino. Hablar de ello puede incomodar, pero es necesario. La lactancia no solamente involucra nutrición; también evidencia desigualdades, estereotipos y cargas que siguen recayendo principalmente sobre las mujeres.
MENOS CONSEJOS Y MÁS COMPAÑÍA
La lactancia requiere información, pero también paciencia. No siempre es intuitiva y no todas las experiencias son iguales.
Por eso, durante la Semana Mundial de la Lactancia Materna, vale la pena mirar más allá de los beneficios conocidos y preguntarnos qué estamos haciendo para apoyar a las familias.
Necesitamos menos juicios, menos opiniones no solicitadas y menos presión.
Necesitamos permisos laborales, espacios dignos, atención profesional y personas dispuestas a acompañar.
Porque cuando una madre está sostenida por su familia, su comunidad y sus instituciones, cuidar y alimentar a un bebé deja de ser una tarea solitaria.
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