Karen Peña | periodista deportivo
A menos de un mes de que inicie la Copa del Mundo de 2026, la Selección Mexicana no transmite confianza, estabilidad ni mucho menos ilusión. El equipo que presumirá ser anfitrión del torneo más importante del planeta llega inmerso en un proceso lleno de improvisaciones, cambios de rumbo, lesiones y conflictos internos que reflejan el momento más inestable del futbol mexicano en años recientes.
México tendrá el privilegio histórico de organizar por tercera vez un Mundial, con estadios remodelados, ciudades listas para recibir a miles de aficionados y una Federación que ha explotado comercialmente el evento desde hace meses. Pero dentro de la cancha, la realidad es otra: el Tricolor llega sin un proyecto sólido y con más dudas que certezas.
El primer síntoma del caos fue la incapacidad para mantener un proceso estable en el banquillo. En apenas un ciclo mundialista, México tuvo tres entrenadores distintos. Diego Cocca arrancó el proyecto con la intención de imponer disciplina y una estructura táctica definida, pero nunca logró conectar con el grupo de jugadores ni convencer con su estilo de juego. Su gestión terminó rápidamente, consumida por la presión y los malos resultados.
Después vino Jaime Lozano, quien pasó de ser el técnico que despertaba esperanza tras conquistar la Copa Oro, a convertirse en otro fracaso más tras la desastrosa participación en la Copa América. El equipo mostró retrocesos futbolísticos, falta de personalidad y una preocupante incapacidad para competir ante selecciones de alto nivel.
Ante el desgaste del proyecto, la Federación volvió a recurrir al viejo recurso de emergencia: Javier Aguirre. El "Vasco" disputará su tercer Mundial como entrenador de México, convertido nuevamente en el bombero encargado de apagar incendios en el momento más delicado. Más que apostar por continuidad o renovación, la decisión reflejó desesperación y necesidad de control inmediato.
Pero los problemas no terminaron ahí. Las lesiones se convirtieron en el sello de este proceso mundialista. A semanas del debut, son ya 12 los futbolistas mexicanos que militan en Europa y que llegan con molestias físicas, recuperaciones incompletas o falta de ritmo competitivo. El panorama físico del plantel es alarmante para un equipo que, en teoría, debía llegar en plenitud a su Mundial.
Y por si faltaba algo, el futbol mexicano regaló otro episodio de desorganización la semana pasada. Toluca intentó utilizar a Jesús Gallardo y Alexis Vega para disputar las semifinales de la Liga de Campeones de la CONCACAF, pese a que existía un acuerdo entre dueños y Federación para no prestar jugadores convocados durante este periodo.
La decisión abrió una grieta inmediata entre clubes. Chivas reaccionó exigiendo el regreso de sus seleccionados y cuestionando el trato especial hacia Toluca. Lo que debía ser un proceso de unidad terminó convertido en otra disputa pública que exhibió la falta de coordinación entre directivos y selección nacional.
En medio del conflicto, Javier Aguirre terminó quedando como una figura autoritaria al advertir públicamente que los jugadores que no se reportaran podrían quedarse fuera del Mundial. El mensaje, lejos de proyectar liderazgo, dejó la sensación de un vestidor tenso y de una selección que sigue resolviendo conflictos sobre la marcha.
Y mientras el reloj avanza rumbo al partido inaugural, la preparación tampoco ha sido la ideal. La concentración iniciada a menos de un mes de la Copa del Mundo prometía ser una oportunidad para trabajar intensamente en lo futbolístico, pero la realidad ha sido distinta. Los entrenamientos efectivos han sido escasos y gran parte del tiempo se ha destinado a compromisos comerciales, grabaciones, eventos promocionales y actividades con patrocinadores.
México llegará al Mundial rodeado de campañas publicitarias, estadios llenos y un enorme aparato mediático. Pero dentro de la cancha, el anfitrión más importante de la historia reciente del futbol mexicano arriba con incertidumbre, desgaste y un proceso que nunca encontró estabilidad.
El problema del Tricolor no comenzó este año ni terminará cuando acabe el Mundial. Lo verdaderamente preocupante es que, incluso teniendo cuatro años para planear el torneo más importante de su historia, el futbol mexicano volvió a demostrar que sigue improvisando donde más importa: en lo deportivo.
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