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Cuando eras niño, ¿cómo te imaginabas a Dios?

Cuando eras niño, ¿cómo te imaginabas a Dios?

Héctor de Luna Espinosa



Para muchas personas, la respuesta suele ser parecida. Nos imaginamos a un Dios lejano, un anciano con barba blanca sentado en un trono de nubes, observándonos fijamente, con un libro de leyes en la mano. Un Dios todopoderoso, sí, pero también un Dios que parece estar esperando el menor de nuestros errores para enviarnos un castigo.

Durante siglos, la humanidad vivió con esa misma sensación: la de un Dios al que había que temerle más que amarle, un juez severo e inalcanzable.

Pero hace poco más de 2 000 años ocurrió algo que cambió esa historia para siempre. Alguien vino a romper ese molde y a mostrarnos que estábamos equivocados. Ese alguien fue Jesús.

Jesús no vino al mundo solo a hacer milagros o a dar grandes discursos. Su misión principal fue revelarnos quién es verdaderamente Dios, y la sorpresa que se llevaron todos en su época fue muy grande.

Jesús no presentó a un Dios de truenos y castigos, sino a un papá. De hecho, cuando Jesús hablaba con Dios, usaba una palabra muy especial en su propio idioma, el arameo. Usaba la palabra ABBA. Si tradujéramos ABBA a nuestro idioma actual, no significa padre de una forma fría o formal; significa papito, papi. Es la palabra llena de ternura, confianza y amor que un niño pequeño utiliza para llamar a su papá cuando corre a sus brazos buscando refugio.

Imagínate el impacto que esto causó: pasar de un Dios lejano y temible a un papito amoroso.

Jesús nos demostró que Dios no nos mira con ganas de castigarnos cuando nos equivocamos, sino con el deseo profundo de perdonarnos, de levantarnos y de guiarnos con paciencia. Nos enseñó que somos libres de acercarnos a él sin miedo.

Los discípulos de Jesús notaban algo diferente en él. Veían la paz que tenía cada vez que se apartaba a solas a hablar con Dios. Por eso, un día se le acercaron y le hicieron una petición muy especial. Ellos le dijeron: Señor, enséñanos a orar.

La respuesta de Jesús no fue una lista de rezos largos, mecánicos o complicados. En lugar de eso, les regaló la oración más hermosa y revolucionaria de la historia: el padre nuestro.

Piensa por un momento en las 2/1 palabras de esa oración: padre nuestro.

Al enseñarnos a decir esas palabras, Jesús nos incluyó a todos en su propia familia. No dijo mi padre, sino nuestro. Nos estaba diciendo que ese Dios creador del Universo, el que sostiene las estrellas, es también papá; un papá que sabe perfectamente qué nos hace falta, que nos cuida todos los días, que nos da nuestro pan diario y que está atento al menor de nuestros suspiros.

Sé que para algunos de los que me escuchan hoy la palabra padre puede ser difícil. Quizás tuviste un papá ausente o alguien muy estricto, o simplemente no lograste construir esa conexión.

Por eso, mi invitación en estas fechas que se celebra el Día del Padre es que mires al cielo. El mensaje de Jesús es que, sin importar cómo haya sido tu experiencia en la tierra, tienes un padre celestial que es perfecto. Él es un protector que nunca te va a abandonar, un proveedor que cuida tus pasos y una presencia constante que te ama tal y como eres.

Hoy puedes cerrar tus ojos y hablar con él con la misma confianza con la que un hijo pequeño habla con su papá, porque gracias a Jesús ya no estamos lejos, estamos en casa.

Acompáñame a orar:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal, porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria para siempre. Amén.

 


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