Víctor Manuel Sánchez Valdez Investigador de la UA
¿Cambiará el mapa del narco en México tras el golpe de EE.UU.?
Durante los últimos cincuenta años, el crimen organizado en México ha sido una estructura viva, mutante y profundamente violenta. Lejos de ser entidades estáticas, los cárteles han evolucionado a partir de traiciones internas, alianzas temporales y rupturas sangrientas que han dejado una huella directa en la seguridad nacional, en la economía y en la percepción internacional del país. Hoy, ese proceso parece entrar en una nueva fase, marcada por presiones externas inéditas y por una descomposición interna que no da tregua.
La dinámica actual del crimen organizado no puede entenderse sin observar el contexto internacional. El reciente señalamiento desde Estados Unidos que vincula a figuras políticas extranjeras con organizaciones criminales marca un precedente delicado. No se trata únicamente de un acto judicial, sino de un mensaje político que redefine las reglas del juego. La narrativa cambia cuando un poder global decide llevar a tribunales estadounidenses a actores de alto nivel, acusándolos de operar como jefes de estructuras criminales transnacionales. Ese hecho, por sí solo, genera ondas expansivas que alcanzan de lleno a México.
El impacto para los cárteles mexicanos es inevitable. En documentos judiciales filtrados y acusaciones formales aparecen mencionadas organizaciones como el Cártel de Sinaloa, el Cártel Jalisco Nueva Generación, el Cártel del Golfo y los remanentes de Los Zetas. Aunque algunas de estas estructuras han cambiado de nombre o se han fragmentado, su esencia permanece. El mensaje es claro: los vínculos entre política y crimen organizado ya no son un asunto exclusivamente doméstico y pueden ser juzgados fuera de las fronteras nacionales.
Este escenario coloca a la clase política mexicana bajo una presión inédita. Aunque los contextos de México y otros países no son idénticos, el solo hecho de que exista la posibilidad de procesos judiciales internacionales modifica el comportamiento de actores políticos y criminales. El "fantasma" de una intervención legal externa, aun sin presencia militar directa, basta para tensar la relación diplomática y endurecer las exigencias en materia de combate al narcotráfico y al lavado de dinero.
EL SIMBOLISMO DE NUEVA YORK
No es casual que los grandes procesos contra el narcotráfico se concentren en cortes del distrito de Nueva York. Más allá de su rigor jurídico, Nueva York representa un símbolo de poder global. No es la capital política de Estados Unidos, pero sí su capital simbólica. Juzgar ahí a capos del narcotráfico o a figuras de alto perfil envía un mensaje contundente: nadie está fuera del alcance de la justicia estadounidense.
Por esa misma razón, nombres como el de Joaquín "El Chapo" Guzmán, Ismael "El Mayo" Zambada o Vicente Zambada han quedado asociados a esas cortes. La dureza de sus sentencias y la exposición mediática forman parte de una estrategia que busca disuadir, exhibir y reafirmar el poder del sistema judicial norteamericano frente al crimen organizado global.
LA FRACTURA DEL CÁRTEL DE SINALOA
En el plano interno, la violencia que hoy se vive en diversas regiones del país tiene un epicentro claro: la fractura del Cártel de Sinaloa. Lo que durante décadas fue la organización criminal más poderosa de México se encuentra hoy dividida por una traición que partió su estructura en dos facciones con fuerzas similares. Esta guerra interna no solo ha debilitado al cártel, sino que ha abierto la puerta para que otras organizaciones, como el Cártel Jalisco Nueva Generación, lo rebasen en influencia y control territorial.
Las consecuencias son visibles. La violencia ya no se limita a Culiacán, sino que se expande a Badiraguato, Navolato, zonas rurales y entidades vecinas como Sonora, Chihuahua y Durango. No hay indicios claros de una victoria definitiva de alguno de los bandos, lo que augura un conflicto prolongado. Cuando ninguna facción logra imponerse, la violencia se vuelve crónica.
UN CÍRCULO VICIOSO DE INSEGURIDAD
El daño va más allá de los enfrentamientos armados. La inseguridad desincentiva la inversión, provoca el cierre de empresas, genera pérdida de empleos y deteriora la vida cotidiana. Las personas dejan de transitar con libertad, los negocios operan bajo amenaza y las comunidades quedan atrapadas en un círculo vicioso donde la falta de paz produce estancamiento económico y social.
En este contexto, la atención de Estados Unidos sobre México se intensifica. El discurso de que ese país actúa como "la policía del mundo" deja de ser una frase retórica y se traduce en acciones concretas. El tablero cambia, y tanto los cárteles como la clase política entienden que el margen de maniobra se reduce.
México enfrenta así un momento decisivo. La recomposición del mapa delictivo, las disputas internas del crimen organizado y la presión internacional configuran un escenario complejo, donde cualquier movimiento tendrá consecuencias profundas. Lo que está en juego no es solo la seguridad, sino la credibilidad del Estado y su capacidad para recuperar el control en un país cansado de la violencia.
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