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El fin de una era criminal en México

El fin de una era criminal en México

Salvador Maceda | periodista



La historia reciente aconseja prudencia: los vacíos de poder rara vez permanecen vacíos.

La caída de uno de los líderes criminales más buscados del país no solo representa un impacto mediático inmediato; abre, sobre todo, un capítulo incierto en la historia contemporánea del crimen organizado en México. Con el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como Nemesio Oseguera Cervantes, el país no asiste necesariamente al cierre de un ciclo de violencia, sino a la posible reconfiguración de fuerzas que durante años operaron con alcance transnacional.

El llamado líder del Cártel Jalisco Nueva Generación encabezaba una estructura piramidal que logró presencia en 28 de las 32 entidades federativas y tejió redes con clientes y socios en Estados Unidos, Europa, Asia y Sudamérica. No se trataba de una organización menor ni de una célula improvisada; era un entramado con capacidad logística, financiera y armamentística de alto nivel.

El golpe, por tanto, no puede analizarse únicamente como una victoria táctica. La historia reciente demuestra que la caída de grandes capos suele detonar luchas intestinas, fracturas internas y disputas por rutas, plazas y alianzas.

DOS GENERACIONES QUE SE EXTINGUEN
Si algo simboliza este episodio es el fin de una generación de grandes capos que marcaron la narrativa criminal de las últimas décadas. Antes estuvieron las figuras del Cártel de Guadalajara, con personajes como Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero, cuya captura provocó la fragmentación del pacto original y el nacimiento de nuevas estructuras como el Cártel de Sinaloa y el Cártel del Golfo.

Posteriormente, la detención de Joaquín Guzmán Loera evidenció cómo las fracturas internas pueden escalar en violencia abierta. La disputa entre "Los Chapitos" y la facción de Ismael Zambada García derivó en un debilitamiento visible de la estructura sinaloense, que pasó de ser un bloque hegemónico a un conglomerado dividido.

Hoy, el antecedente histórico sugiere que el Cártel Jalisco Nueva Generación podría enfrentar un proceso similar. La disputa por el mando de una organización que generaba millones de dólares no será tersa. Al contrario, podría desencadenar ajustes violentos y reacomodos estratégicos.

DEL CARTEL GLOBAL A LA BACRIM REGIONAL
La pregunta central es si México está transitando del modelo de grandes cárteles nacionales hacia un esquema fragmentado de bandas criminales regionales, similar al fenómeno de las "bacrim" en Colombia tras la caída de los grandes carteles de Medellín y Cali.

Los indicios ya existen. En distintas regiones del país operan estructuras que, si bien surgieron de organizaciones mayores, hoy funcionan con autonomía local. El riesgo de este proceso es claro: la fragmentación no elimina la violencia, la redistribuye. Multiplica focos de conflicto, complica la inteligencia criminal y dificulta la negociación o contención centralizada.

La experiencia colombiana mostró que, tras la caída de figuras emblemáticas como Pablo Escobar, no desapareció el narcotráfico; cambió de forma. Las bandas regionales mantuvieron economías ilegales adaptadas a su territorio. México podría estar ante una transición semejante.

EL IMPACTO ECONÓMICO Y SOCIAL
Más allá del análisis estratégico, el golpe tuvo consecuencias inmediatas. Los bloqueos, incendios y disturbios registrados en diversas entidades generaron pérdidas en comercio, turismo y servicios. El miedo se convirtió en protagonista.

La tensión no se limitó a una región específica. La reacción violenta posterior al operativo mostró la capacidad de movilización y respuesta de células delictivas. El ambiente descrito por quienes estuvieron en el terreno fue de incertidumbre y temor generalizado, con la sensación de que la violencia podía escalar sin límites claros.

En un país donde la "economía del miedo" ha permeado múltiples sectores, cada episodio de esta magnitud afecta no solo la percepción de seguridad, sino la confianza de inversionistas, visitantes y ciudadanos.

MUNDIAL 2026: UNA ALERTA ENCENDIDA
El calendario no es menor. México será sede de la Copa Mundial de la FIFA 2026, y una de las sedes clave será Guadalajara. Aunque oficialmente no se reconozca una preocupación extraordinaria, es evidente que cualquier escalada de violencia en esa región enciende alertas logísticas y diplomáticas.

Un evento de escala global exige garantías de estabilidad. La recomposición criminal podría coincidir con los preparativos del torneo, lo que obliga a replantear estrategias de seguridad con visión preventiva y no reactiva.

ESTRATEGIA EN ENTREDICHO
La gran interrogante es si la estrategia de seguridad está diseñada para administrar el día después. La experiencia demuestra que abatir o capturar a un líder no equivale a desmantelar la estructura financiera, logística y territorial que lo sostenía.

Sin una política integral que atienda el componente social, económico y de inteligencia financiera, el vacío de poder puede convertirse en terreno fértil para nuevas disputas.

La caída de un capo cierra un capítulo simbólico, pero no necesariamente reduce la violencia estructural. México enfrenta, una vez más, la disyuntiva entre celebrar el golpe o prepararse para la tormenta que podría seguirle.

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