Jorge Saldaña
La tecnología, por avanzada que sea, no puede estar por encima de la dignidad humana.
La sociedad debe preguntarse qué está dispuesta a tolerar en nombre de la libertad. Una cosa es defender la libertad de expresión, indispensable en toda democracia, y otra muy distinta permitir que bajo esa bandera prosperen la mentira, la extorsión, la difamación y la destrucción deliberada de reputaciones.
El debate sobre comunicación digital e inteligencia artificial no puede reducirse a una falsa disputa entre censura y libertad. El periodismo auténtico necesita libertad para investigar y denunciar, pero también requiere responsabilidad. Sin ella, la libertad pierde su sentido.
Las redes sociales han abierto una zona peligrosa donde cualquiera puede ocultarse en el anonimato, lanzar acusaciones, manipular imágenes, difundir rumores y después declararse víctima cuando se le exige responder por los daños causados. Eso no es periodismo; es guerra sucia digital.
Por eso es necesario distinguir entre medios de comunicación reales y plataformas anónimas dedicadas a la intimidación. Un medio formal tiene responsables, reglas y obligaciones; puede ser cuestionado, rectificar y responder por sus errores. Una página anónima, en cambio, niega incluso el derecho de réplica.
El centro del debate no es callar periodistas, sino impedir que el anonimato se convierta en licencia para destruir. La crítica fortalece a la sociedad; la calumnia la debilita. La denuncia sustentada sirve al interés público; el rumor manipulado lo contamina.
También existe una evidente hipocresía en quienes rechazan cualquier regulación cuando el daño afecta a otros, pero exigen justicia inmediata cuando son ellos los perjudicados. La protección frente a la mentira digital debe alcanzar por igual a personajes públicos y ciudadanos comunes.
Las plataformas digitales también deben asumir responsabilidades. No pueden beneficiarse de la viralidad de contenidos anónimos y destructivos mientras ignoran sus consecuencias. La transparencia debe ser una exigencia mínima.
El periodismo verdadero da la cara, investiga y responde. El falso periodismo se esconde, amenaza e inventa. Confundirlos es una ofensa para quienes ejercen la comunicación con ética.
La libertad de expresión merece defensa, pero también merece limpieza. Defenderla no significa proteger a quienes la utilizan para difamar, sino preservarla frente a quienes convierten la mentira en negocio y la impunidad en método.
La sociedad necesita criterio: no todo lo que circula en redes es verdad, no toda página es un medio de comunicación y no toda acusación viral constituye una denuncia legítima.
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