Dra. Jaqui Roa especialista en Pediatría-Inmunolog
Durante más de tres décadas, México sostuvo con orgullo una bandera blanca frente al sarampión. No se hablaba de brotes, no se registraban casos autóctonos y la percepción general era que se trataba de una enfermedad del pasado, casi anecdótica, confinada a los libros de historia médica. Sin embargo, hoy enfrentamos una realidad distinta: el virus ha vuelto a circular y lo ha hecho aprovechando nuestras grietas sociales, ideológicas y sanitarias.
Es importante subrayarlo con claridad: el sarampión no estaba erradicado, estaba eliminado gracias a una cobertura de vacunación sostenida y alta. Esa diferencia es fundamental. Cuando una enfermedad se elimina en un país, significa que no circula de forma constante porque la mayoría de la población está protegida. Pero si la cobertura baja, el virus encuentra terreno fértil.
Desde 2012 comenzó a observarse un descenso en la aplicación de vacunas. Aunque se han reportado coberturas de hasta 82 por ciento en algunos periodos, la cifra necesaria para mantener la eliminación es al menos 95 por ciento. Esa brecha, aparentemente pequeña, es suficiente para que un virus altamente contagioso vuelva a expandirse.
UN VIRUS ALTAMENTE CONTAGIOSO Y SUBESTIMADO
El sarampión es causado por un virus que tiene una de las tasas de contagio más altas conocidas. Una persona infectada puede transmitirlo a entre 15 y 20 personas susceptibles. Se propaga principalmente por vía respiratoria y es particularmente frecuente en temporadas de invierno y primavera.
Su periodo de incubación va de siete a 21 días. Esto significa que una persona puede estar infectada y sin síntomas hasta tres semanas después del contacto. Cuando aparecen los primeros signos, estos pueden confundirse con una gripe: escurrimiento nasal, tos, conjuntivitis y fiebre elevada, superior a 39 grados. Posteriormente surgen pequeñas lesiones en la boca y, hacia el tercer o cuarto día, aparece el exantema característico: manchas o ronchas que inician en la cabeza y descienden hacia el tronco y las extremidades.
Durante años se pensó que era una enfermedad exclusiva de la infancia. Hoy sabemos que no es así. Está afectando también a jóvenes y adultos, especialmente a quienes no cuentan con esquemas completos de vacunación.
LAS COMPLICACIONES QUE NO SE CUENTAN EN REDES SOCIALES
Uno de los errores más graves en la conversación pública actual es minimizar el sarampión como una enfermedad "benigna". Hasta un 10 por ciento de las personas no vacunadas puede desarrollar complicaciones. Estas pueden ir desde otitis e inflamación de laringe hasta neumonías severas y diarreas importantes.
Pero lo más preocupante son las complicaciones neurológicas. La encefalitis o la panencefalitis pueden presentarse durante la infección o incluso años después, dejando secuelas irreversibles o provocando la muerte. Este no es un escenario hipotético; es una realidad documentada.
El diagnóstico inicial es clínico, pero puede confirmarse mediante pruebas de anticuerpos en sangre o mediante PCR, una técnica ampliamente conocida desde la pandemia de COVID-19. Sin embargo, el punto clave no es detectar tarde, sino prevenir antes.
QUIÉNES DEBEN PREOCUPARSE Y ACTUAR
La población más vulnerable se encuentra entre los seis meses y los 49 años. Los menores de cinco años y los adultos jóvenes entre 25 y 35 años constituyen grupos críticos. Quienes nacieron antes de los años noventa, en su mayoría, adquirieron inmunidad natural o fueron vacunados bajo campañas masivas.
El esquema actual contempla dos dosis. En niños nacidos antes de 2020 se aplicaba al año y a los seis años; después de 2020 se modificó a los 12 y 18 meses. Esto genera confusión en algunas familias, por lo que es indispensable revisar cartillas.
Existen dos tipos de vacunas: la SRP, que protege contra sarampión, rubéola y parotiditis, y la doble viral, contra sarampión y rubéola, destinada a adolescentes y adultos. La recomendación es clara: toda persona menor de 49 años debe contar con al menos dos dosis.
VACUNARSE ES UN ACTO DE SOLIDARIDAD
Vivimos en una era digital donde la desinformación se propaga con la misma velocidad que los virus. Los movimientos antivacunas han encontrado en las redes sociales un espacio fértil para sembrar dudas. Pero la vacuna contra el sarampión se utiliza desde la década de 1970, con una eficacia cercana al 99 por ciento. Es segura y ha salvado millones de vidas.
Existen excepciones médicas: personas con cáncer en quimioterapia, con VIH avanzado o mujeres embarazadas no pueden recibir esta vacuna porque contiene virus vivos atenuados. Precisamente por ellas debemos vacunarnos quienes sí podemos hacerlo. La inmunidad colectiva es el escudo que protege a los más vulnerables.
La razón por la que muchas personas antivacunas no habían enfermado era simple: estaban protegidas indirectamente por la mayoría vacunada. Si esa mayoría se reduce, el virus encuentra el camino abierto.
No se trata de ideología ni de creencias personales. Se trata de salud pública y responsabilidad social. Las enfermedades que creíamos superadas pueden reemerger si bajamos la guardia. El sarampión es un recordatorio contundente de que los logros sanitarios no son permanentes, requieren compromiso constante.
Hoy más que nunca debemos revisar nuestras cartillas, completar esquemas y asumir que la prevención es un deber colectivo. Porque cuando la memoria sanitaria se debilita, los virus no dudan en regresar.
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