Jueves, 23 de Abril de 2026
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Semana del 24 de Abril al 30 de Abril de 2026

¡Ni aulas ni carreteras son seguros en SLP!

¡Ni aulas ni carreteras son seguros en SLP!

Víctor Manuel Sánchez, investigador



La violencia se ha desplazado hacia espacios que antes se consideraban seguros y ha adoptado nuevas formas.

La idea de que la violencia extrema en escuelas era un fenómeno ajeno, propio de otras latitudes, particularmente de Estados Unidos, ha quedado rebasada por la evidencia. México enfrenta ya un problema estructural que ha sido subestimado durante años: la presencia de armas de fuego en entornos educativos y su uso en incidentes reales, no hipotéticos.

Los datos son contundentes. Desde el año 2000 se han documentado más de un centenar de incidentes con armas reales dentro de escuelas. No se trata de amenazas, ni de objetos simulados, ni de episodios aislados magnificados por el contexto mediático. Son hechos verificables que configuran una tendencia creciente. Lo más preocupante no es solo la cifra acumulada, sino su aceleración en los últimos años, lo que apunta a un fenómeno en expansión.

La pregunta de fondo no es si puede volver a ocurrir un evento fatal, sino cuándo y dónde. Ninguna entidad federativa está exenta. Incluso aquellas con menor incidencia relativa forman parte del mismo ecosistema de riesgo.

EL ORIGEN INCÓMODO: EL HOGAR COMO PRIMER ESLABÓN
Existe una narrativa recurrente que busca trasladar toda la responsabilidad a las instituciones educativas. Sin embargo, el análisis más serio apunta hacia un origen más incómodo: el entorno familiar. Las armas no aparecen espontáneamente en las mochilas; provienen de hogares donde no están resguardadas adecuadamente.

Este dato cambia por completo el enfoque del problema. La discusión ya no puede limitarse a protocolos escolares o a medidas reactivas dentro de los planteles. Implica asumir que hay una corresponsabilidad directa en la esfera privada. La disponibilidad de armas —se estima que existen millones en condición ilegal en el país— combinada con negligencia en su resguardo, crea un escenario de alto riesgo.

A esto se suma un componente generacional que no puede ignorarse: la exposición constante a contenidos hiperviolentos, la búsqueda de validación social en entornos digitales y la replicación de conductas vistas en otros contextos. La violencia deja de ser extraordinaria y comienza a percibirse como una opción disponible.

¿Debe el Estado intervenir más allá de lo público? Esa es la discusión incómoda. Medidas como operativos de revisión en escuelas generan resistencia bajo argumentos de privacidad, pero el dilema real es más profundo: ¿qué se prioriza cuando está en juego la vida?

CARRETERAS: EL OTRO TERRITORIO PERDIDO
Si las aulas reflejan una crisis social en formación, las carreteras muestran una crisis en consolidación. México no solo enfrenta violencia en espacios cerrados, sino también en su red de conectividad, donde grupos criminales han logrado establecer control operativo en tramos estratégicos.

El caso de San Luis Potosí es paradigmático. Su ubicación geográfica lo convierte en un nodo logístico clave: conecta norte, centro y sur, así como el Golfo con el Pacífico. Esa ventaja estructural, que debería traducirse en desarrollo económico, ha sido aprovechada también por organizaciones criminales.

Algunas de las principales vías federales presentan condiciones de riesgo sistemático. No se trata únicamente de robos aislados, sino de dinámicas más complejas: extorsión, desapariciones, control territorial y disputas entre grupos rivales. La violencia en carreteras no es un fenómeno aleatorio; responde a una lógica de mercado ilícito donde las rutas son activos estratégicos.

El problema es doble. Por un lado, la capacidad del Estado para garantizar seguridad en estas vías es limitada. Por otro, existe una normalización progresiva del riesgo: viajar con miedo, evitar ciertos horarios o rutas, asumir pérdidas como parte del trayecto.

ENTRE LA PREVENCIÓN Y LA REACCIÓN
Tanto en escuelas como en carreteras, el patrón es similar: el Estado actúa tarde y de manera fragmentada. La prevención sigue siendo el eslabón más débil. En el ámbito educativo, las políticas públicas no han logrado integrar de forma efectiva la salud mental, la regulación de contenidos y la participación familiar. En el caso de la infraestructura carretera, la respuesta ha sido reactiva, enfocada en operativos temporales más que en estrategias sostenidas de control territorial.

El resultado es una sensación de vulnerabilidad extendida. La ciudadanía percibe que los espacios cotidianos —la escuela, el trayecto, la comunidad— han dejado de ser seguros.

LA ILUSIÓN DE CONTROL
Existe una tendencia institucional a minimizar estos fenómenos cuando las cifras locales parecen bajas en comparación con otras regiones. Sin embargo, esa lectura es engañosa. La baja incidencia no equivale a inmunidad. De hecho, puede generar una falsa sensación de seguridad que retrasa la implementación de medidas necesarias.

El verdadero riesgo radica en la acumulación de factores: disponibilidad de armas, deterioro del tejido social, debilidad institucional y expansión del crimen organizado. Cuando estos elementos convergen, el salto de incidente aislado a crisis estructural puede ser rápido.

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