Héctor de Luna Espinosa
Cuando escuchamos la palabra heredero, pensamos inmediatamente en una herencia.
En el ámbito jurídico, un heredero es la persona que, por testamento o por disposición de la ley, sucede a otra al morir, recibiendo sus bienes, derechos e incluso sus obligaciones.
Las herencias materiales pueden ser muy valiosas, pero también son temporales. Tarde o temprano se acaban o pasan a otras manos. Sin embargo, la Biblia nos habla de una herencia mucho más grande: una herencia eterna.
En las Escrituras encontramos diferentes tipos de herederos. En tiempos bíblicos, un siervo o administrador podía llegar a ser heredero cuando no había un hijo. Eso fue precisamente lo que pensó Abraham antes del nacimiento de Isaac: «He aquí que será mi heredero un esclavo nacido en mi casa». Pero Dios le respondió que el heredero sería el hijo que Él mismo le daría.
Normalmente, la herencia pasaba de padres a hijos. El primogénito recibía una doble porción y tenía una responsabilidad especial dentro de la familia. Así ocurrió con muchos personajes del Antiguo Testamento.
Pero la Biblia también habla de una herencia espiritual. El autor de Hebreos declara que Dios constituyó a su Hijo como heredero de todo. Todo le pertenece a Jesucristo: la creación, el reino y la gloria eterna.
Lo más sorprendente es que Dios no quiso que esa herencia quedara únicamente en su Hijo. Por medio de la fe, también nosotros somos invitados a participar de ella.
Romanos 8, versículo 17, dice: «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo». ¡Qué gran privilegio! No solo somos perdonados, sino adoptados como hijos de Dios y hechos participantes de la herencia de Cristo.
Esto significa que heredamos la vida eterna, las promesas de Dios, su presencia, su reino y la esperanza de una creación restaurada; no porque lo merezcamos, sino por la gracia de Dios manifestada en Jesús.
Sin embargo, toda herencia requiere una relación. Nadie recibe una herencia por ser un extraño; se recibe por pertenecer a una familia. De la misma manera, la herencia espiritual pertenece a quienes han nacido de nuevo y han sido adoptados por Dios mediante la fe en Jesucristo.
La pregunta, entonces, es: ¿cuál es tu herencia?
Muchos dedican toda su vida a acumular bienes que un día tendrán que dejar, pero Dios nos invita a poner nuestra esperanza en una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para quienes creen en Él.
Hoy podemos dar gracias porque, en Cristo, no somos simplemente criaturas de Dios; somos hijos. Y si somos hijos, también somos herederos.
Acompáñame a orar:
Padre celestial, gracias porque, por medio de Jesucristo, nos adoptaste como tus hijos. Gracias porque nuestra esperanza no está en las riquezas pasajeras de este mundo, sino en la herencia eterna que has preparado para los que te aman. Ayúdanos a vivir como verdaderos hijos tuyos, honrando tu nombre y esperando con gozo el día en que disfrutemos plenamente de todo lo que nos has prometido. En el nombre de Jesús. Amén.
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