Sinaloa y Guanajuato encabezan la lista de atrocidades violentas en el país, San Luis Potosí fuera del top de atrocidades, pero con focos rojos latentes
El inicio de 2026 volvió a encender los focos rojos en materia de seguridad. Las matanzas recientes, particularmente las registradas en Guanajuato, colocaron de nuevo sobre la mesa un debate que parece no agotarse: la distancia entre las cifras oficiales y la realidad cotidiana que se vive en amplias regiones del país. Mientras los discursos institucionales hablan de disminuciones en homicidios, la violencia extrema sigue mostrando su rostro más crudo.
En ese contexto surge el estudio conocido como la "Galería del Horror", un ejercicio de documentación que no se limita a contar víctimas, sino que busca comprender cómo se ejerce la violencia y qué tan profunda es su degradación. El objetivo es claro: ir más allá de los números y poner nombre, forma y contexto a los hechos de alto impacto que marcan la agenda nacional.
"Este estudio busca que vayamos más allá de las cifras", explica la politóloga y especialista en seguridad Nancy Angélica Canjura Luna. "Escuchamos constantemente que el gobierno federal habla de disminuciones en homicidios, sin embargo vemos cómo la forma en la que se cometen los homicidios sigue siendo muy violenta", sostiene sic.
VEINTIDÓS FORMAS DE LA VIOLENCIA EXTREMA
El análisis no se limita a un solo tipo de delito. La Galería del Horror clasifica la violencia atroz en veintidós categorías que reflejan un patrón de brutalidad creciente: masacres, fosas clandestinas, asesinatos con tortura, calcinamiento, desmembramiento, asesinatos de mujeres con crueldad extrema, homicidios de menores, ataques a grupos vulnerables como periodistas, defensores de derechos humanos y actores políticos, además de actos violentos contra la autoridad.
Una de las categorías que más alarma ha generado es la de campos de exterminio. Tan solo en 2025 se documentaron al menos tres eventos que podrían ajustarse a esta definición, una palabra que parecía lejana al discurso público, pero que hoy se instala con fuerza en el imaginario social.
"Ya habla de una violencia exacerbada, una violencia extrema donde se busca causar la muerte de muchas personas", señala Canjura Luna sic, subrayando que este tipo de prácticas reflejan no solo criminalidad organizada, sino también una profunda ausencia de control territorial.
SINALOA Y GUANAJUATO: EPICENTROS DE LA ATROCIDAD
Los datos del estudio revelan concentraciones claras. Sinaloa encabeza la lista nacional con 641 casos de violencia atroz, seguido por Guanajuato con 477. No se trata de cifras aisladas, sino de patrones persistentes. Guanajuato ocupa el primer lugar en masacres, mientras que Sinaloa lidera en fosas clandestinas y asesinatos con tortura.
Estos números explican por qué estados como Guanajuato se han convertido en sinónimo de violencia cotidiana, donde los hechos de alto impacto ya no sorprenden, sino que se normalizan. La repetición constante de escenas brutales genera una peligrosa acostumbramiento social.
¿SAN LUIS POTOSÍ FUERA DEL MAPA DEL HORROR?
A diferencia de otros estados, San Luis Potosí no aparece entre los diez con mayor incidencia de atrocidades. Sin embargo, esto no necesariamente significa mayor paz. "Lo que hemos detectado es una disminución de la cobertura que tienen los medios de comunicación sobre actos violentos", advierte la especialista sic.
El caso de Matehuala rompe cualquier narrativa de tranquilidad absoluta. Ahí se localizó uno de los campos de exterminio registrados en 2025. Este hallazgo apunta a factores como zonas de difícil acceso, escaso control institucional y su ubicación estratégica para actividades criminales diversificadas, particularmente extorsión y delitos de alto rendimiento económico.
La violencia, aunque menos visible, no está ausente. Simplemente adopta otras formas o permanece en la sombra.
¿ESTADO FALLIDO O ESTADO AUSENTE?
El diagnóstico es contundente. Para Canjura Luna, el problema central no es la falta de datos, sino la falta de voluntad política. "Lo que vemos es una falta de intención de parte del gobierno para poder parar este tipo de violencia", afirma sic. No existen estrategias diferenciadas ni políticas públicas que atiendan la violencia en su complejidad: violencia machista, reclutamiento de jóvenes, asesinatos intrafamiliares, violencia contra menores y comunidades enteras sometidas al terror.
La reducción de cifras, sostiene, se ha convertido en un objetivo en sí mismo, incluso "a costa de maquillar las cifras oficiales", mientras la brutalidad de los hechos aumenta.
¿CÓMO SABER SI LA ESTRATEGIA FUNCIONA?
El indicador no debería ser solo cuántos homicidios hay, sino cómo ocurren y qué pasa después. "No deberíamos tener masacres", afirma la especialista. Y cuando ocurren, tendría que existir un mensaje claro: detenidos, causas identificadas y garantías de no repetición. Ese mensaje, hoy, no llega.
La ausencia de consecuencias alimenta la impunidad y perpetúa el ciclo de violencia extrema.
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