Viernes, 27 de Enero de 2023
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 25 de Noviembre al 01 de Diciembre de 2022

Una mesa abierta

Una mesa abierta

Rodolfo del Ángel del Ángel



Una de las bendiciones del evangelio es vivir y expresar nuestra comunión en Cristo. La comunión cristiana no reconoce fronteras o diferencias nacionales, raciales o de género. Desde Abraham ya todos los de la fe estamos incluidos en el gran pueblo elegido: "Todas las familias de la tierra serán bendecidas por medio de ti". (Génesis 12:3b). Esta promesa se hace real y se cumple en Cristo Jesús. El apóstol Pablo escribe en la Carta a los Gálatas: "Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús". Gálatas 3:28.

Este es un verdadero milagro que solo la gracia de Dios hace posible. Somos un solo pueblo y una sola familia en Cristo Jesús. No somos más extraños, extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos de los santos y herederos según la promesa. ¡La pared intermedia de separación ha sido derribada! Dios nos dice: bienvenido a casa, no necesitas más pasaporte que la fe, ni carta de naturalización, excepto, haber nacido de nuevo. Tal milagro es para celebrarlo y vivirlo, pero es, también, un desafío y llamado a ser un testimonio ante el mundo.

El mundo divide, separa, levanta murallas, impide el acceso. Esto lo vemos cotidianamente cuando los espacios que deberían estar abiertos y accesibles se cierran para decir: "Aquí no eres bienvenido". Que degradante clasificación la que se vive en nuestra sociedad: pobres y ricos, personas que tienen sus capacidades físicas plenas y los que portan una discapacidad, viejos y jóvenes, ciudadanos y extranjeros, blancos y negros, gente de razón e indígenas. Esas separaciones son resultado del pecado, del egoísmo humano que nace de un corazón indiferente a Dios y al prójimo.

Vivir nuestra comunión en Cristo y expresarla en el llamado sin distinciones y la inclusión es la vocación de la iglesia como comunidad de fe. En otras palabras, ser un oásis en un mundo desierto, ser un espacio de seguridad, paz y reconciliación en medio de una sociedad fragmentada, violenta e indiferente.

Esa unidad en Cristo que no conoce distinciones se expresa, especialmente, en la Cena del Señor que también llamamos comunión. A propósito de la Cena del Señor el apóstol Pablo escribe: "Aunque somos muchos, todos comemos de un mismo pan, con lo cual demostramos que somos un solo cuerpo". (1 Coritnios 10:17)

La mesa del Señor es una mesa abierta, siempre podemos colocar una silla más para hacer espacio y eso es lo que el Señor desea, que muchos vengan a participar de la gran fiesta del reino de Dios. Esto es un llamado no solo a la vitalidad misionera dando testimonio de Cristo, pero a ser una presencia en el mundo que abre espacios para dar lugar al que está excluído, olvidado y marginalizado.

Esto tiene mucho sentido en un mundo que levanta murallas, cierra fronteras y mira al que es diferente o viene de lejos como a un extraño del que hay que cuidarse. Si, es todo un desafío que exige compromiso, imaginación y sobre todo, amor, pero nada menos que eso es el evangelio de Cristo.

 


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