Héctor de Luna Espinosa
Cada cierre de año trae consigo una mezcla de emociones que difícilmente se pueden separar. Por un lado, la expectativa de lo nuevo; por otro, el peso de lo vivido. Hay quienes llegan al final del calendario con gratitud, otros con cansancio, algunos con temor y muchos con preguntas sin respuesta. El cambio de año no solo mueve fechas, también sacude conciencias, reactiva dudas y nos obliga a mirar hacia adelante, aun cuando no tenemos claridad del camino.
Estamos entrando a un nuevo ciclo, y para muchos el 2026 no representa únicamente una hoja en blanco, sino una interrogante abierta. ¿Cómo nos irá? ¿Habrá estabilidad, salud, trabajo, paz? ¿Tendremos fuerzas para enfrentar lo que venga? Estas preguntas no distinguen edad, condición social ni creencias; son universales. Sin embargo, la manera en que se enfrentan sí marca una diferencia profunda.
Vivimos rodeados de voces que prometen seguridad, éxito inmediato y control absoluto del futuro. Discursos motivacionales, gurús del rendimiento, fórmulas rápidas para "garantizar" bienestar. Pero la realidad es que, una y otra vez, esas promesas fallan. No porque el esfuerzo no valga la pena, sino porque el ser humano no fue diseñado para cargar solo con el peso del mañana.
El problema no siempre es la falta de oportunidades, sino la falta de dirección. Muchas veces no sabemos si avanzar o esperar, si soltar o insistir, si cambiar de rumbo o mantenernos firmes. Y es precisamente ahí donde la fe deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una necesidad práctica.
Hay una promesa antigua, pero profundamente vigente, que ilumina este momento de transición: "Te haré entender, te enseñaré el camino en que debes andar, sobre ti fijaré mis ojos". No es una frase optimista al aire, es una declaración de acompañamiento. En ella se concentran tres certezas que resultan esenciales para enfrentar cualquier año que comienza: entendimiento, guía y cuidado.
La primera promesa es entendimiento. No se nos asegura conocer todo lo que ocurrirá, pero sí comprender lo necesario en el momento correcto. Entender cuándo avanzar y cuándo detenerse. Entender qué decisiones tomar y cuáles postergar. El futuro no se enfrenta solo con fuerza, sino con sabiduría, y esa sabiduría no nace del control, sino de la confianza. Confiar no es cerrar los ojos a la realidad, es reconocer que no todo depende de nosotros.
La segunda promesa es guía. No se trata únicamente de recibir instrucciones desde lejos, sino de caminar acompañados. La vida no es un mapa perfectamente trazado; es un trayecto con curvas, pendientes y tramos oscuros. Pero el camino deja de ser un laberinto cuando se anda con dirección. Caminar con fe no elimina las decisiones difíciles, pero evita que nos perdamos en ellas.
La tercera promesa es cuidado. Quizá la más reconfortante de todas. No estamos hablando de un guía distante, sino de una presencia atenta. De unos ojos puestos sobre cada paso, incluso cuando fallamos, cuando nos cansamos o cuando no sabemos qué hacer. El nuevo año puede traer pruebas, pero no traerá un solo instante fuera de esa mirada.
Esto nos lleva a replantear la pregunta con la que muchos inician el año. No es "¿qué traerá el 2026?", sino "¿con quién voy a caminar este 2026?". Porque cuando se camina con Dios, no se sabe todo, pero se confía; no se controla todo, pero se descansa; no se evitan los problemas, pero no se enfrenta la vida en soledad.
Tal vez alguien llega a este nuevo año con miedo, con culpa, con agotamiento emocional o espiritual. Tal vez los planes no salieron como se esperaba o las pérdidas pesan más que las ilusiones. Aun así, la promesa permanece: habrá entendimiento, habrá guía y habrá cuidado para quien decide confiar.
La fe no es evasión ni resignación; es una forma distinta de enfrentar la realidad. Es asumir que, aun en medio de la incertidumbre, hay esperanza. Que el futuro no está en manos del azar, de la economía o de las circunstancias, sino en manos de Dios.
Que este nuevo año no sea solo un cambio de número, sino una decisión consciente de caminar acompañado. Porque el futuro no se adivina, se camina. Y cuando se camina con fe, siempre hay esperanza.
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