Por Pedro Pablo Bertrán Santos Médico veterinario
El verdadero espíritu de fin de año debería incluirlos, cuidarlos y garantizar que también ellos puedan atravesar estas fechas con calma y seguridad.
El cierre de año suele ser un momento de alegría, reuniones familiares y celebraciones que simbolizan nuevos comienzos. Sin embargo, desde la medicina veterinaria, esta etapa del calendario representa también una de las temporadas más difíciles y dolorosas. Mientras las personas festejan, miles de animales de compañía enfrentan episodios de miedo extremo, estrés y pánico que, en muchos casos, terminan en urgencias médicas, accidentes graves o incluso la muerte.
Cada fin de año se repite la misma escena. Clínicas veterinarias saturadas, llamadas de emergencia y familias angustiadas que no entienden qué ocurrió. La principal causa es clara: la pirotecnia. Para los animales, los estruendos no son diversión ni tradición; son amenazas impredecibles que activan su instinto de supervivencia. Ellos no saben si es Navidad, Año Nuevo o una celebración religiosa. Solo perciben explosiones repentinas que hieren sus oídos y los colocan en un estado de terror absoluto.
He atendido casos verdaderamente desgarradores. Perros que, al intentar huir del ruido, se impactan contra ventanales dentro de sus propias casas; animales que se lanzan desde azoteas o bardas al no encontrar una vía de escape; mascotas que desaparecen porque, presas del pánico, rompen correas o saltan portones. Son situaciones que no deberían normalizarse, porque la mayoría son completamente prevenibles. La pirotecnia no solo pone en riesgo la vida del animal, sino también la integridad de las personas que conviven con él, especialmente niños y adultos mayores.
Las señales de miedo son claras, aunque muchas veces se ignoran. Orejas hacia atrás, temblores, jadeo excesivo, cola entre las patas, intentos de esconderse o una búsqueda desesperada de contacto humano. El animal busca a su tutor porque lo reconoce como su figura de protección. No entender ese lenguaje es fallarles en el momento en que más nos necesitan.
La responsabilidad no termina en "aguantar" el ruido. Existen medidas sencillas que pueden marcar la diferencia. Acondicionar un espacio cerrado y ventilado, acompañarlos durante los momentos de mayor estruendo, hablarles con calma, abrazarlos y transmitirles seguridad. Distracciones como música, televisión o programas con sonidos de la naturaleza ayudan a reducir el impacto del ruido externo. Incluso el juego puede ser una herramienta poderosa: cuando el animal ve que su tutor está tranquilo, aprende que no todo es una amenaza.
Otro error frecuente en estas fechas es compartir la cena con las mascotas. Lo que para nosotros es un gesto de cariño, para ellos puede convertirse en una intoxicación grave. Huesos, espinas, condimentos y alimentos como cebolla, chocolate o uvas representan un riesgo real. He visto animales con convulsiones, daño hepático y obstrucciones intestinales por restos de comida "inofensivos". El amor no se demuestra dando sobras, sino cuidando su salud.
El fin de año también expone una práctica que debería erradicarse: regalar mascotas como si fueran objetos. Un animal no es un juguete ni un detalle de temporada. Requiere tiempo, recursos, atención médica y compromiso durante años. Regalar cachorros sin evaluar la capacidad real de quien los recibe fomenta el abandono y, además, sostiene la explotación indiscriminada de hembras utilizadas para la reproducción sin control.
Como sociedad, necesitamos replantearnos nuestras celebraciones. Festejar no debería significar causar sufrimiento. Proteger a los animales no es un acto extraordinario, es una obligación ética. Ellos nos acompañan todos los días con lealtad absoluta, sin condiciones y sin pedir nada a cambio.
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